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lunes, 28 de junio de 2010

LA INTERPRETACIÓN DE LA BIBLIA


El Fin

Si no hay futuro, escribe Pablo, entonces sería ridículo tener fe en Cristo (1 Co 15:19). La profecía es una parte esencial y muy alentadora de la fe cristiana. Las profecías bíblicas anuncian enormemente buenas nuevas para nosotros. Las encontraremos mucho más alentadoras si nos enfocamos en el mensaje esencial, y no en los detalles discutibles.

La profecía no es un fin en sí misma; declara una verdad más importante. Dios está reconciliando a la humanidad a sí mismo, perdonando nuestros pecados y restaurando nuestra amistad con Él. La profecía proclama esta realidad.

La profecía existe no sólo para predecir eventos, sino para dirigirnos hacia Dios. Nos dice quién es Dios, cómo es Él, qué está haciendo, y lo que quiere de nosotros. La profecía urge a la gente a recibir la reconciliación con Dios a través de la fe en Jesucristo.

Muchas profecías específicas fueron cumplidas en tiempos del Antiguo Testamento, y todavía esperamos el cumplimiento de otras. Pero el enfoque agudo de toda la profecía es la redención; el perdón de los pecados y la vida eterna que viene a través de Jesucristo. La profecía nos asegura que Dios es el soberano de la historia (Daniel 4:17); fortalece nuestra fe en Cristo (Juan 14:29) y nos da esperanza para el futuro (1 Tesalonicenses 4:13-18).

Moisés y los profetas escribieron acerca de Cristo, incluso el hecho de que iba a ser matado y resucitado (Lucas 24:27, 46). También anunciaron eventos después de la resurrección de Jesús, tales como la predicación del evangelio (v. 47).

La profecía nos dirige a la salvación en Jesucristo. Si no entendemos esto, la profecía no nos servirá de nada. Es sólo a través de Cristo que podemos ser parte del reino que durará para siempre (Daniel 7:13-14, 27).

La Biblia proclama el regreso de Cristo, el juicio final, el castigo eterno y las recompensas. Con estas predicciones, la profecía le advierte a la humanidad de la necesidad de salvación así como anuncia la certeza de esa salvación. La profecía nos dice que Dios nos llama a hacer cuentas (Judas 14-15), que nos quiere salvos (2 Pedro 3:9) y que de hecho nos ha salvado (1 Juan 2:1-2). Nos asegura que todo mal será vencido y que toda injusticia y sufrimiento terminará (1 Corintios 15:25; Apocalipsis 21:4).

La profecía anima a los creyentes asegurando que nuestras labores no son en vano. Seremos rescatados de persecuciones, justificados y recompensados. La profecía nos recuerda del amor y la lealtad de Dios, y nos ayuda a serle fieles a Él (2 Pedro 3:10-15; 1 Juan 3:23). Al recodarnos que todos los tesoros físicos son temporales, la profecía nos anima a valorar las todavía no vistas cosas de Dios y nuestra relación eterna con Él.

Zacarías señala a la profecía como un llamado al arrepentimiento (Zacarías. 1:3-4). Dios advierte del castigo, pero busca el arrepentimiento. Como nos muestra la historia de Jonás, Dios está dispuesto a cancelar sus predicciones, sólo si la gente se vuelve a Él. El objetivo de la profecía es volvernos a Dios, quien tiene un futuro maravilloso para nosotros, no para satisfacer nuestras ganas de saber cosas “secretas”.

Una necesidad de prudencia

¿Cómo podemos entender la profecía bíblica? Sólo con gran prudencia. Aficionados a la profecía bien intencionados le han traído desprestigio al evangelio con predicciones erróneas y dogmatismo descaminado. A causa de tal mal manejo de la profecía, algunos se burlan de la Biblia y se mofan de Cristo mismo. La lista de predicciones falladas debe ser una seria advertencia de que la convicción personal no es una garantía de verdad. Ya que las predicciones falladas pueden debilitar la fe, debemos tener prudencia.

No debemos necesitar predicciones emocionantes para darnos seriedad con respecto al crecimiento espiritual y la vida cristiana. Un conocimiento de fechas y otros detalles (aun si llegan a ser ciertos) no es una garantía de la salvación. Nuestro enfoque debe ser en Cristo, no en conocer los credenciales de los potenciales poderes de la bestia.

Una obsesión con la profecía significa que no le estamos dando suficiente énfasis al evangelio. La gente necesita arrepentirse y confiar en Cristo ya sea que su regreso esté cerca o no, ya sea que haya un milenio o no, o si los Estados Unidos de América están identificados en la profecía bíblica o no.

¿Por qué es la profecía tan difícil de interpretar? Quizás la razón mayor es porque frecuentemente es dada en lenguaje figurado. Los lectores originales quizás sabían lo que significaban los símbolos, pero ya que vivimos en una cultura y tiempo diferente, no podemos estar siempre seguros.

El Salmo 18 es un ejemplo del lenguaje figurado. Su poesía describe la manera en que Dios libró a David de sus enemigos (v. 1). David utilizó varias imágenes para esto: escape de la muerte (v. 4-6), un terremoto (v. 7), señales en el cielo (v. 8-14), aún un rescate en el mar (v. 15-18). Estas cosas no sucedieron literalmente, pero la poesía bíblica utiliza tales figuras imaginativas del lenguaje. Esto también es cierto de la profecía.

Isaías 40:3-4 nos dice que todos los montes serán allanados y que un camino será enderezado; pero esto no se debe entender literalmente. Lucas 3:4-6 indica que esta profecía fue cumplida por Juan el Bautista. La profecía no tenía nada que ver con montañas y caminos.

Joel 2:28-29 predijo que el Espíritu de Dios sería derramado sobre “todo el género humano”, pero Pedro dijo que fue cumplido con varias docenas de personas en el día de Pentecostés (Hechos 2:16-17). Los sueños y visiones que Joel predijo quizá no eran literales, pero Pedro no insistió tanto en los detalles proféticos; y nosotros tampoco debemos hacerlo. Cuando estamos tratando con un idioma figurado, el cumplimiento no estaba destinado a corresponder literalmente con la profecía.

Estos factores afectan el modo en que las personas interpretan la profecía bíblica. Un lector puede preferir un significado literal, otro puede preferir un significado figurado, y podría ser imposible comprobar cual es correcto. Esto nos obliga a enfocar en la toda la situación y no en los detalles. Estamos viendo en una manera indirecta y velada, no a través de un lente de aumento.

En varias áreas mayores de la profecía, no hay un consenso cristiano. Ideas acerca del rapto, la tribulación, el milenio, el estado intermedio y el infierno son muy debatidas (vea nuestro sitio en el Internet para leer artículos acerca de algunos de estos temas: http://www.wcg.org/espanol).

Aunque forman parte del plan de Dios, y son importantes para Él, no es esencial que obtengamos todas las respuestas correctas; especialmente si pensamos mal de las personas que tienen respuestas diferentes. Nuestra actitud es más importante que el tener todas las respuestas correctas.

Quizás podríamos comparar la profecía a un viaje. No necesitamos saber exactamente adonde vamos, cual camino tomaremos, o cuan rápido iremos. Lo que más necesitamos es confiar en nuestro guía, Jesucristo. Él es el único que conoce el camino, y no podremos llegar sin Él. Sólo quédese con Él; Él se encargará de los detalles.

Teniendo en cuenta estas precauciones, veamos algunas creencias cristianas básicas acerca del futuro.

El regreso de Cristo

El evento principal de nuestras creencias acerca del futuro es la segunda venida de Cristo. Hay un consenso tremendo con respecto al hecho de que Jesús regresará.

Jesús le dijo a sus discípulos que volvería (Juan 14:3). También le advirtió a sus discípulos no desperdiciar el tiempo tratando de predecir cuando sucederá (Mat. 24:36). Criticó a aquellos que pensaban que el tiempo era corto (Mat. 25:1-13) y a aquellos que pensaban que iba a haber una gran demora (Mat. 24:45-51). Sea lo que sea, nuestra responsabilidad es la misma: estar listos.

Los ángeles le dijeron a los discípulos que Jesús vendrá precisamente de la misma manera que fue llevado al cielo (Hechos 1:11). Él se manifestará “desde el cielo entre llamas de fuego, con sus poderosos ángeles” (2Ts. 1:7). Pablo lo llamó “la gloriosa venida de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tito 2:13). Pedro dijo que Jesús será revelado (1 Pedro 1:7, 13). Juan también dijo que se manifestará (1 Juan 2:28), y Hebreos 9:28 dice que “aparecerá por segunda vez…para traer salvación a quienes lo esperan”.

Habrá “una voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios” (1Ts. 4:16). Todo quedará bien claro.

Otros dos eventos ocurrirán cuando Cristo regrese: la resurrección y el juicio. Pablo escribe que los muertos en Cristo resucitarán cuando el Señor venga, y los creyentes que estén vivos entonces, también serán arrebatados para encontrarse con el Señor cuando regrese a la tierra (1Ts. 4:16-17). “Al toque final de la trompeta”, escribe Pablo, “los muertos resucitarán con un cuerpo incorruptible, y nosotros seremos transformados” (1Co 15:52). Seres transformados; hechos gloriosos, poderosos, incorruptibles, inmortales y espirituales (v. 42-44).

Mateo 24:31 parece describir este evento de otra manera: Cristo “al sonido de la gran trompeta mandará a sus ángeles, y se reunirán de los cuatro vientos a los elegidos, de un extremo al otro del cielo”. En la parábola de la mala hierba, Jesús dice que al fin del mundo enviará a sus ángeles, “y arrancarán de su reino a todos los que pecan y hacen pecar” (Mateo 13:40-41).

“Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces recompensará a cada persona según lo que haya hecho” (Mateo 16:27). El juicio también es parte del regreso del señor en la parábola del siervo fiel (Mateo 24:45-51) y la parábola de las monedas de oro (Mateo 25:14-30).

Pablo dice que cuando el Señor venga, “sacará a la luz lo que está oculto en la oscuridad y pondrá al descubierto las intenciones de cada corazón. Entonces cada uno recibirá de Dios la alabanza que le corresponda” (1 Corintios 4:5). Claro está, Dios ya conoce a cada persona, y en ese sentido, el juicio ocurre mucho antes del regreso de Cristo. Pero será entonces que el juicio se hará público para todos.

El hecho de que viviremos otra vez, y que seremos recompensados, es sumamente alentador. Después de escribir acerca de la resurrección, Pablo exclama: “¡Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo! Por lo tanto, mis queridos hermanos, manténganse firmes e inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, conscientes de que su trabajo en el Señor no es en vano” (1 Corintios 15:57-58).

Los últimos días

Para despertar el interés, algunos maestros de profecía preguntan, “¿Estamos viviendo en los últimos días?” La respuesta correcta es “sí”; y ha sido sí por 2000 años. Pedro citó una profecía acerca de los últimos días y dijo que se aplicaba a su propio día (Hechos 2:16-17). Lo mismo hizo el autor de Hebreos (Hebreos 1:2). Los últimos días son mucho más largos de lo que algunas personas creen. Jesús triunfó sobre el enemigo y comenzó una nueva era.

Las guerras y los problemas han plagado a la humanidad por miles de años. ¿Se empeorará la situación? Probablemente. Quizás se mejore, y después se empeore otra vez. O se mejorará para algunos mientras empeorará para otros. El índice de miseria sube y baja a través de la historia, y esto probablemente continuará.

Pero a través de las edades, parece que algunos cristianos desean que se empeore. Casi desean la gran tribulación, descrita como el peor tiempo que el mundo jamás ha visto (Mateo 24:21). Tienen una fascinación con el anticristo, la bestia, el hombre de maldad, y otros enemigos de Dios. Rutinariamente creen que cualquier evento terrible indica que Cristo regresará pronto.

Es cierto que Jesús predijo un tiempo de terrible tribulación (Mateo 24:21), pero mucho de lo que predijo en Mateo 24 fue cumplido en el sitio de Jerusalén, en el año 70 de nuestra era. Jesús les estaba advirtiendo a sus discípulos acerca de eventos que iban a ver en su vida, y que la gente en Judea necesitaría escapar a las montañas (v. 16).

Jesús predijo constante tribulación hasta su regreso. “En este mundo afrontarán aflicciones”, dijo Jesús (Juan 16:33). Muchos de sus discípulos sacrificaron sus vidas por su creencia en Jesús. Las dificultades son parte de la vida cristiana; Dios no nos protege de todos nuestros problemas (Hechos 14:22; 2 Timoteo 3:12; 1 Pedro 4:12). Aún en la era apostólica, los anticristos estaban obrando (1 Juan 2:18, 22; 2 Juan 7).

¿Se predice una gran tribulación para el futuro? Muchos cristianos así lo creen, y quizás tengan razón. Pero millones de cristianos a través del mundo enfrentan persecución hoy en día. Muchos son matados. Para cada uno de ellos, la tribulación no puede ser peor de lo que ya es. Tiempos terribles han afligido a los cristianos por dos mil años. Quizás la gran tribulación es mucho más larga de lo que muchas personas piensan.

Nuestras responsabilidades cristianas son las mismas ya esté la tribulación cerca o no; o aún si ya ha comenzado. La especulación acerca del futuro no nos ayuda a ser más como Cristo, y cuando es utilizada para presionar a las personas al arrepentimiento, es tristemente mal utilizada. La especulación acerca de la tribulación no es un buen uso de nuestro tiempo.

El milenio

Apocalipsis 20 habla de un reino de Cristo y los santos que dura mil años. Algunos cristianos interpretan esto literalmente como un reino de mil años que Cristo establecerá cuando regrese. Otros cristianos ven el período de mil años figurativamente, simbolizando el gobierno de Cristo en la iglesia antes de su regreso.

Por ejemplo, el número mil puede ser usado figurativamente: “Reconoce, pues, que Jehovah tu dios es Dios; Dios fiel que guarda el pacto y la misericordia para con los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta mil generaciones” y “Porque míos son todos los animales del bosque, los millares del ganado en mis montes” (Deut. 7:9; Sal 50:20 Versión Reina-Valera Actualizada), y no hay ninguna manera de comprobar que debe ser tomado literalmente en Apocalipsis. Apocalipsis está escrito en un estilo altamente figurativo. Ninguna otra escritura habla de un reino temporal que será establecido cuando Cristo regrese. De hecho, versos como Daniel 2:44 sugieren que el reino será eterno, sin ninguna crisis mil años después.

Si hay un reino milenial después de que Cristo regrese, entonces los malos serán resucitados y juzgados mil años después de los justos (Apocalipsis 20:5). Pero las parábolas de Jesús no sugieren tal intervalo (Mateo 25:31-46; Juan 5:28-29). El milenio no era parte del evangelio de Jesús. Pablo escribió que los justos y los malos serán resucitados en el mismo día (2Ts. 1:6-10).

Muchos más detalles pueden ser discutidos acerca de este tema, pero no es necesario hacerlo aquí. Se pueden juntar escrituras para apoyar cada punto de vista. Pero no importa lo que una persona piense acerca del milenio, esto sí está claro: el periodo descrito en Apocalipsis 20 con el tiempo terminará, y será seguido por unos eternos y gloriosos nuevos cielos y nueva tierra, los cuales son más grandiosos, mejores y más largos que el milenio. Así que cuando pensemos acerca del maravilloso mundo de mañana, quizá queramos enfocar en el reino eterno, perfecto, no en una fase temporal. ¡Tenemos una eternidad por delante!

Una eternidad de gozo

¿Cómo será la eternidad? Sabemos sólo en parte (1 Corintios 13:9; 1 Juan 3:2), porque todas nuestras palabras e ideas están basadas en el mundo de hoy. Jesús describe nuestra recompensa eterna en diferentes maneras: será como encontrar un tesoro, o heredar muchas posesiones, o gobernar un reino, o asistir a un banquete de bodas. Es como todas estas cosas, pero tanto mejor, que se puede decir que no es nada como ellas. Nuestra eternidad con Dios será mejor que lo que nuestras palabras pueden describir.

David lo expresó de esta manera: “Me llenarás de alegría en tu presencia, y de dicha eterna a tu derecha” (Salmo 16:11). La mejor parte de la eternidad será vivir con Dios, ser como Él, verlo como Él verdaderamente es, conociéndolo más completamente (1 Juan 3:2). Este es el propósito por el cual Dios nos hizo, esto nos satisfacerá y nos dará gozo por los siglos de los siglos.

Y en diez mil años, con miles de billones de años por delante, miraremos a nuestras vidas hoy en día, sonriendo a las dificultades que tuvimos, maravillándonos a lo rápido que Dios hizo su obra cuando éramos mortales. Era sólo el principio, y no habrá fin


Lic. Wolfgang Streich

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“Tres cosas no vuelven para atrás: Una flecha lanzada, una palabra pronunciada y una oportunidad perdida”

viernes, 23 de octubre de 2009

¿ES LA TRINIDAD UNA DOCTRINA BÍBLICA?


Según muchos trinitarios, “la Trinidad es una doctrina bíblica”, y el dogma de la Trinidad se presenta como supuestamente una doctrina que enseña la Biblia. En realidad, no hay absolutamente ningún concepto de una trinidad presentada en cualquier sitio en la Biblia. La idea tiene que ser añadida y leída en cada escritura que se presenta para apoyar el dogma.

Sí, los trinitarios presentan una serie de escrituras, tanto de las Escrituras hebreas, así como las Escrituras Griegas para supuestamente apoyar a sus dogmas. Tras un examen minucioso de esos pasajes, sin embargo, uno tiene que darse cuenta de que en cada escritura que se presenta, los trinitarios ven en ellas la doctrina preconcebida de la “trinidad”. Por ejemplo, cuando ellos leen en las Escrituras que el hombre está compuesto de alma, espíritu, y cuerpo, ellos suponen que estas tres partes del hombre equivalen a las 3 Personas del único Dios. Y cuando leen que Dios es Santo, Santo, Santo, ellos creen ver en esas palabras al Dios Trino. Estos son sólo dos ejemplos bíblicos de cómo sus mentes prejuiciadas los llevan a torcer los pasajes bíblicos donde aparecen el número 3 como si fuera equivalente a la Trinidad.

La verdad es que las escrituras pueden verse total y plenamente armoniosa sin la adición de la filosofía trinitaria a la Biblia.

“Debe ser admitido por todos que la doctrina de la Trinidad, como una doctrina, no formaba parte del mensaje original. Pablo no la conocía, y habría sido incapaz de comprender el significado de los términos utilizados en la fórmula teológica en la que la Iglesia finalmente concordó”. (Dr. WR Matthews, Decano de la Catedral de San Pablo, “Dios en el pensamiento y la experiencia cristiana”, p.180 ).

Mi creencia en la Trinidad se basa en la autoridad de la Iglesia: no hay otra autoridad suficiente. Ahora voy a mostrar de la razón, que el credo de Atanasio y la Escritura se oponen unos a otros.

La doctrina de la Trinidad es la siguiente:

- Hay un solo Dios en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios. El Padre es una persona, el Hijo es otra persona, y el Espíritu Santo es otra persona. Ahora, según todos los principios de las matemáticas, la aritmética, la sabiduría humana, y la política, debe haber tres dioses, porque nadie podría decir que hay tres personas y tres dioses, pero solo un Dios. . . .

El Credo de Atanasio da la opinión universal de la Iglesia, que el Padre es increado, el Hijo increado, y el Espíritu Santo increado – que existía desde toda la eternidad. Ahora, el Hijo nace del Padre, y, si nace, debe haber sido engendrado. El Espíritu Santo también debe haber salido de Dios, como Jesús salió del Padre. Y, si es así, debe haber habido un momento en que no existían. Si no existían, debe haber TENIDO UN COMIENZO, y por lo tanto, afirmar que son eternos es absurdo, y golpea sin sentido. Cada uno tiene su personalidad distinta: cada uno tiene su propia esencia. ¿Cómo, entonces, pueden ser eternos? ¿Cómo pueden todos ser Dios? Absurdo.

El Credo Atanasio dice que son tres personas, y aún un solo Dios. Absurdo, extravagante! Esta idea es rechazada por los arrianos, socinianos, presbiterianos, y todos los hombres que usan la razón humana. El Credo además dice, que nuestro Señor Jesucristo es el Hijo de Dios y del hombre, no por la conversión de la Divinidad en carne, sino por la toma de la humanidad en Dios». Ahora, yo pregunto, ¿Absorbió la Divinidad la humanidad? El no podía ser al mismo tiempo una persona y dos personas. He probado que la Trinidad se opone a la razón humana.

miércoles, 7 de octubre de 2009

LA FILOSFÍA GRIEGA Y LA BIBLIA



Por el Dr. Javier Rivas Martínez (MD)

El Nuevo Testamento jamás alude que Cristo, como Hijo de Dios, sea “dios” y que haya preexistido antes del principio de la creación, es decir, eternamente. Aun así, arraigados en su errado concepto tradicionalista que parte de la filosofía pagana helenística y que fue introducido por los padres de la iglesia primitiva influenciados por el pensamiento griego religioso, los llamados evangélicos se aferran a la distorsionada ecuación que aclara imprecisa que “uno son tres”. Para el judío, y me refiero al conocedor de las Escrituras, lo que ha sido «predestinado» es visto, en lo subjetivo, como ya «existente», en el sentido de la prolepsis: un propósito o fin como si estuviese palpablemente cristalizado, literalmente manifestado. Es por eso lo importante de conocer en adecuada medida el lenguaje judío para no caer en confusiones y desatinos que parecen ciertos. Muchas buenas interlineales, Biblias de estudio, y literatura teológica seria, nos sacarían de hartas dudas al respecto.

Los griegos son los culpables de no haber entendido bien las Escrituras, el pensamiento judío. Esto los llevó a concebir un Cristo deífico, un ser divino que le fue posible interactuar con un mundo atestado de pecado para salvarlo. El gnosticismo pagano hizo surgir el Cristo aeónico que descendió en el cuerpo de un Jesús humano para “encarnarlo” temporalmente. Casi de la misma manera, en una variante de marcada semejanza, los trinitarios creen que Cristo descendió en la tierra como agente divino y eterno para tornarse un ser dual en el vientre de la virgen madre por medio del espíritu santo, un “dios-hombre” que para las Escrituras y para la mente humana entendida en sus preceptos es absolutamente inconcebible tal cosa (la doctrina teoantrópica, de origen griego).

Los griegos creyeron en un “segundo Dios”, en un ser que “no era humano”, y que fungía como un “intermediario entre dios y los hombres”, contrariamente a lo que la Biblia dice, que «solo hay un mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo Hombre» (1 Tim. 2:5), y no Jesucristo “dios”. Cristo no puede ser un “segundo dios” como un día creyeron los griegos. La Biblia dice que solo el Padre es Dios, y que únicamente hay un Señor y Mesías. No es difícil entender que cada uno de estas personas, Padre e Hijo, son completamente diferentes. Veamos la prueba bíblica enseguida:

1 Co8:6 «…para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él».

También la idea del la “inmortalidad del alma” procedió del pensamiento griego, mientras que el Antiguo Testamento y el Nuevo nunca la sostienen. Es importante con seriedad tomar en cuenta lo que dice el reconocido diccicionario de interpretación bíblica (Interpreter’s Dictionary of the Bible): “Ningún texto bíblico autoriza la declaración de que el alma se separa del cuerpo al momento de la muerte”. Es de la doctrina de la inmortalidad del alma, de la “meta psique” o “transmigración de las almas” de donde nace luego el Karma Oriental. La doctrina de la inmortalidad del alma fue eclosionada del platonismo griego e incursionada con relativa rapidez en la Iglesia del Señor, pocos años después de su fundación, ya que el diablo, «el león rugiente» (2 P. 5:8), “no se duerme en sus laureles en ningún momento”. La preexistencia de las almas, fue sostenida por Orígenes, uno de los padres de la iglesia primitiva y cuyo pensar estaba notablemente atestado de la filosofía mística de los griegos paganos. El concepto de «predestinado» según la filosofía griega, no se parece en nada al del pensamiento judío que lo aprecia como «un plan o propósito en la mente de Dios» para el caso dado, y que será materializado en lo posterior en un plazo de tiempo perfectamente designado.

Para los griegos, Cristo fue un ser preexistente en todo el sentido de la palabra, pero para los judíos, su «predestinación» implica haber sido «preconocido», porque Cristo «fue destinado antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros…» (Véase por favor 1 P. 1:20), pero no «conocido», objetivamente. Ejemplo tenemos con el profeta Jeremías. Vale la pena esta simple comparación para entender la cuestión analizada:

Jer. 1:5 «Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones».

La filosofía griega empezó su extenso derrame dentro de la Iglesia de Cristo a partir del siglo II de la era común, y por la ignorancia de muchos en los fundamentos bíblicos verdaderos continua haciendo estragos dentro de la esfera del protestantismo con su ideología secular, con su falso trinitarismo, con su quimérica inmortalidad del alma, con su torcido dogma de la preexistencia del Hijo de Dios, entre otras cosas más.

La filosofía griega fue la que se encargó de estructurar sin prisas la doctrina trinitaria y para esto contó con la “noble disposición” de Justino Mártir, otro de los padres de la iglesia primitiva que fue aleccionado en la marea sombría y demencial de filosofía griega. Justino Mártir concilió la doctrina platónica con el cristianismo, porque vio en cada una de éstas, según su parecer, mucha similitud: el sincretismo, fue perfectamente adulador y creíble.

Hermanos y amigos que nos leen: Para evitar los errores doctrinales, se requiere de un buen discernimiento espiritual que solamente el conocimiento bíblico correcto podrá otorgarlo. Con esto, el creyente será afirmado en la verdad, quedando capacitado para no declinar ante cualquier fábula hueca o místico cuento de engaño, y digo, cualquiera que sea.

Es importante investigar todo lo relacionado con el trinitarismo, con la preexistencia de Cristo, con el dogma de la inmortalidad del alma de modo concienzudo. Vale la pena que uno se pregunte, «si lo que se nos han enseñado en el seno de nuestras congregaciones es en realidad lo que debemos de saber». Parece ser que la tónica bereana no es bien aceptada hasta la fecha dentro de los templos cristianos, y esto podría traer consecuencias lamentables para el futuro (Hech. 17:11).

El discernimiento espiritual, aquel alimentado por la Palabra de Dios, protegerá al creyente de las herejías religiosas y filosóficas griegas que se mezclaron encubiertamente con los fundamentos bíblicos en la Iglesia de antaño, y que no han dejado hoy en día de ocasionar terrible perjuicio con sus sincréticas herejías en las iglesias cristianas protestantes.

Amigos que nos visitan: Aun no es tarde para empezar.

Dios les bendiga siempre.
www.yeshuahamashiaj.org

viernes, 21 de agosto de 2009

RACISMO Y BIBLIA




Por A. C. Suárez

El hecho de que Dios haya permitido la amplia diversidad humana en todos los órdenes, no implica que todas las manifestaciones culturales de las distintas etnias sean siempre positivas, bellas, justas o bondadosas.
Desgraciadamente las consecuencias del pecado humano han dejado su huella de maldad en muchas expresiones del hombre que se dan en todos los pueblos. De ahí que la ignorancia, la superstición y el error deban ser siempre rechazados y sustituidos por la sabiduría, justicia y bondad de los valores inspirados en el Evangelio.

El ser humano es una criatura ambivalente capaz de comportarse como ángel, pero también como demonio.

Igualmente, su cultura manifiesta también esta ambivalencia moral. El conjunto de creencias, costumbres, valores e instituciones que posee cada sociedad y que se va transmitiendo de generación en generación, es portador de esa mezcla dispar de bondad y maldad inherente a toda criatura después de la caída.

Por eso el creyente debe distinguir entre los valores y antivalores que existen en cada cultura, para enriquecerse con lo positivo y, a la vez, denunciar aquello que puede degradar a la persona. El mensaje cristiano insiste, por tanto, en la unidad de la raza humana así como en la valoración de todo lo positivo que hay en las diversas etnias y culturas de la tierra.

El libro de los Hechos afirma que el espíritu del apóstol Pablo, “se enardecía viendo la ciudad entregada a la idolatría” y que “discutía en la sinagoga con los judíos y piadosos, y en la plaza cada día con los que concurrían”, predicándoles el Evangelio de Jesús y hablándoles acerca de la resurrección. Su actitud fue la de oponerse abiertamente a la idolatría existente en Atenas. Una cosa era la riqueza de culturas y otra muy diferente el politeísmo grosero y supersticioso que allí imperaba.

Pablo se había educado en varias culturas diferentes de su época. Como escribe Umberto Eco: “el modelo del milenio será san Pablo, que nació en Persia, de una familia judía, que hablaba griego, leía la Torá en hebreo y vivió en Jerusalem, donde hablaba el arameo y cuando se le pedía el pasaporte era romano” (1). El apóstol fue buen conocedor de diversas tradiciones culturales, las amaba y respetaba, pero su celo misionero no le permitió tolerar ningún rival de Jesucristo, ni llamar “Señor” a nadie en la tierra. Sólo Jesús es el Señor del universo que se humilló hasta la muerte para redimir a la raza humana y que juzgará al mundo con justicia.

Así como en el Antiguo Testamento se explicita el origen de la diversidad étnica y cultural de los distintos pueblos que habitan la tierra, a partir de una primera pareja creada por Dios, en el Nuevo Testamento se indica todo lo contrario. Una auténtica inversión de aquel proceso original de dispersión.

Si los descendientes de Noé se esparcieron por todas las latitudes y climas del planeta, formando así la elevada diversidad de aspectos y tradiciones humanas, a partir de la divulgación del mensaje de Jesucristo, toda esa rica variedad humana puede ya confluir en el Hijo del Hombre y ser consciente de que todas las personas pertenecen, en realidad, a la misma raza humana.

Independientemente del color de la piel o de la lengua que se hable, la redención de Cristo unifica las naciones y da lugar a una sola sociedad universal. Como escribió Pablo: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gá. 3:28).

Tal convicción cristiana echa por tierra todo comportamiento racista o xenofóbico, todo orgullo racial o sexual, toda discriminación del hombre por el hombre y, a la vez, fomenta el respeto a la variedad cultural existente en el mundo de hoy. En este sentido, nos identificamos plenamente con las palabras del pastor John Stott: “A causa de la unidad de la humanidad demandamos iguales derechos e igual respeto para las minorías raciales. A causa de la diversidad de grupos étnicos repudiamos el imperialismo cultural y defendemos la preservación de la riqueza de una cultura interracial, compatible con el señorío de Cristo.

A causa de la finalidad de Cristo, sostenemos que la libertad religiosa abarca el derecho a difundir el Evangelio. A causa de la gloria de la Iglesia, debemos librarnos de todo resabio de racismo y esforzarnos por que la Iglesia sea un modelo de armonía entre las razas, en el que se cumpla el sueño multirracial” (2). En pleno siglo XXI, nos parece que éstas deben seguir siendo las legítimas aspiraciones del pueblo de Dios.[Tomado de Protestante Digital, España]
________________________________________(1) Eco, H., Entrevista en El periódico de Cataluña, 7.01.2000(2) Stott, J. R. W. La fe cristiana frente a los desafíos contemporáneos, Nueva Creación, Grand Rapids, Michigan, EEUU, 1999: 254.

lunes, 13 de julio de 2009

EL CALENTAMIENTO GLOBAL Y LA BIBLIA


Nuestro planeta posee una capa llamada Ozono, la cual nos protege de los rayos gamma, alfa, y ultravioleta, que proceden del sol como resultado de las reacciones de fusión generando calor y luz. Pero el uso de DCFC que es un componente químico que se usa en algunos productos, está dañando la capa de ozono. El uso desmedido de este elemento que está constituido por carbono, flúor y cloro, afecta nuestra capa de ozono porque los átomos de cloro se comen a los átomos de Ozono, y por ello se deteriora un 2% al año a este ritmo. Esto afectará considerablemente a la piel más clara, que es más sensible.

Veamos lo que dice la Biblia en Lucas 21. 25-26 “Entonces habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, confundidas a causa del bramido del mar y de las olas; desfalleciendo los hombres por el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra; porque las potencias de los cielos serán conmovidas”. Por lo tanto, la Biblia habla de cosas que el ser humano no puede ignorar y mucho menor menospreciar. El sol es el cuerpo mayor del Sistema Solar, y la corona o superficie solar posee una temperatura en torno a los 5.500 ºC, siendo en su interior mucho más caliente, unos 15 millones ºC. Es la fuente de energía del Sistema Solar, ya que el hidrógeno se convierte en helio mediante las reacciones de fusión generando calor y luz. El Sol es una bola enorme de gas muy caliente, que se encuentra en un estado especial, ni líquido ni gaseoso, denominado plasma, donde casi todo es hidrógeno (70%) y helio (30%). Por ello, es una estrella de quinta generación, ya que cuando una estrella termina de fusionar su hidrógeno, si posee una masa elevada, empieza a fusionar helio, y continúa con elementos más pesados hasta llegar al hierro. Cuando el hidrogeno del sol es consumido por la mitad, entonces produce partículas alfa de átomos de helio. Cuando esto sucede la temperatura de la estrella aumenta casi 100 veces.

Veamos que dice la Biblia al respecto, en Apocalipsis 16: 8-9: “El cuarto ángel derramó su copa sobre el sol, al cual fue dado quemar a los hombres con fuego. Y los hombres se quemaron con el gran calor, y blasfemaron el nombre de Dios” Veamos otra cita en relación al aumento del calor Isaías 30:26 “Y la luz de la luna será como la luz del sol, y la luz del sol siete veces mayor, como la luz de siete días”. Sigamos estudiando algunos eventos. Si la estrella es grande, explota y se convierte en supernova, pero si es pequeña como el sol, que es de 5 categoría, se oscurece y se transforma en Nova y no explota. Ahora veamos qué dice la Biblia en relación al sol, si se oscurece posteriormente. Dice Apocalipsis 8:12, así: “El cuarto ángel tocó la trompeta, y fue herida la tercera parte del sol, y la tercera parte de la luna, y la tercera parte de las estrellas, para que se oscureciese la tercera parte de ellos, y no hubiese luz en la tercera parte del día, y asimismo de la noche”. Veamos en Ezequiel 32:7, que dice: “Y cuando te haya extinguido, cubriré los cielos, y haré entenebrecer sus estrellas; el sol cubriré con nublado, y la luna no hará resplandecer su luz”. Por ende el cambio que sufre el sol progresivamente para transformarse a Nova trae un oscurecimiento del mismo el cual durara varios días. Veamos que dice la Biblia en Apocalipsis 9:2: “Y abrió el pozo del abismo, y subió humo del pozo como humo de un gran horno; y se oscureció el sol”.

Por lo tanto la Biblia habla de muchas cosas que el hombre ha querido obviar. El hecho de que Dios prometió NO destruir la tierra como en los días de Noé con agua, no significa que no ocurran otros eventos naturales, y que al leer los periódicos nos damos cuenta que suceden a diario en el mundo entero. Nosotros recibimos un gran impacto de energía solar, y el mayor porcentaje debe salir de la tierra por el proceso de reflexión del planeta, pero el uso del CO2, el cual es un gas provocado por el combustible, lo impide, ya que ha creado en la atmosfera una especie de escudo que impide la salida de un elevado porcentaje, reteniéndolo. Esto trae como resultado lo que se conoce como efecto invernadero y las consecuencias en los polos es el deshielo que eleva el nivel del mar causando inundaciones. Hay muchas cosas que suceden a diario y que el ser humano ignora mucho por no leer la Biblia y conocer los tiempos en que estamos viviendo.

Shalom,

Gustav Rivas

viernes, 15 de mayo de 2009

LA VERDAD SOBRE LOS CÓDIGOS SECRETOS DE LA BIBLIA



Por Ing° Mario A Olcese (Apologista)

¿Códigos secretos en la Biblia?

En estas últimas décadas se ha venido pregonando que en la Biblia hay “códigos secretos” que podemos descubrir gracias al avance de la ciencia y la tecnología. Los estudiantes de la Biblia creen que justamente en los últimos tiempos—tal como lo profetizó Daniel—la ciencia, es decir, el conocimiento en general, incluyendo el bíblico sería aumentado. Creen que gracias a la invención de la computadora es posible por fin descubrir cosas secretas en la Biblia: Datos, hechos históricos, y fechas de eventos importantes que acaecerán en el mundo en los últimos tiempos. Pero, ¿fue eso exactamente lo que Daniel quiso decirnos en Daniel 12:4? Notemos que Daniel dijo que sería aumentada la ciencia, ¿pero acaso hasta el punto de revelarnos lo que nos depara el futuro en la forma de códigos secretos?

Secretos que siempre pertenecerán a Dios

Sin duda alguna Dios no tiene la intención de revelarnos todo lo que Él tiene planeado para el futuro. Hay muchas cosas secretas que permanecerán secretas en Dios. Dice Deuteronomio 29:29: “Las cosas secretas pertenecen á Jehová nuestro Dios: mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos por siempre, para que cumplamos todas las palabras de esta ley (torah)”. Aquí vemos que a Moisés se le dijo que las cosas secretas de la Torah pertenecen a Yahweh, pero “las cosas ya reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre”. De modo que en la Torah está todo aquello que Dios quiso revelarlos. Algunos rabinos ultra conservadores y ortodoxos creen que aún permanecen cosas secretas que pueden ser reveladas por la Torah hoy con la ayuda de los avances tecnológicos. Pero esto no es lo que la Biblia dice. ¡Las cosas secretas que están escondidas en Dios no pueden ser descifradas por el hombre porque pertenecen a Yahweh!

Dios revelaba “su secreto” a los Profetas

Algunos maestros bíblicos tanto del judaísmo como del cristianismo creen que “Yahweh no hará nada sin que revele su secreto a sus siervos los profetas” (Amós 3:7). Sin embargo, acá tenemos dos puntos por aclarar. El profeta Amós está hablando de UN SECRETO en particular, y segundo, de “SUS PROFETAS”.

Hoy vemos que personas comunes y corrientes que son simples investigadores de la Biblia están descifrando supuestos “códigos secretos” en la Biblia (especialmente en la Torah) como si fueran verdades reveladas de Dios. Habría que preguntarse si aun hoy Dios sigue teniendo profetas y maestros dentro de su pueblo al estilo de Daniel y Ezequiel para anunciar eventos del futuro que han permanecido ocultos por milenios usando una computadora.

Pablo dijo que sólo conocemos en parte

El apóstol Pablo dijo “Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos” (1 Cor. 13:9). Esto quiere decir que aún quedan muchas cosas por conocer. Pero, ¿cuándo se conocerían? ¿Acaso con el avance de la ciencia y del conocimiento? No! El mismo apóstol da una respuesta contundente en el siguiente versículo (10) cuando escribió lo siguiente: “Mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará”. Es decir, este conocimiento parcial que tenemos ya revelado del plan de Dios para el presente y el futuro del mundo se volverá perfecto o completo sólo cuando el Mesías se haga presente en este mundo.

Debemos seguir Escudriñando las Escrituras

En Juan 5:39 Jesús mandó a los suyos a que investigaran o escudriñaran las Escrituras existentes (el AT) “porque ellas dan testimonio de mí”. Es decir, debemos escudriñar las Escrituras para saber quién es Jesús y cómo es él el cumplimiento de lo revelado por los profetas de antaño. Jesús no tenía en mente que investigáramos las Escrituras para descifrar códigos ocultos o secretos que nos puedan revelar eventos cruciales catastróficos que acaecerían en el mundo poco antes de su venida. Repito, su intención al decirnos que escudriñáramos las Escrituras inspiradas no era para que supiéramos de antemano cuándo sería asesinado un primer ministro, o la fecha y hora exactas de la destrucción de un par de edificios enormes de una ciudad importante, o el lugar y fecha de un terrible Tsunami que arrasaría cientos de miles de vidas humanas. El propósito básico del escudriñamiento de las Escrituras era confirmar lo que ya se había revelado a través de los profetas sobre Jesús. En Hechos 17:11 tenemos a los bereanos escudriñando las Escrituras “para ver si estas cosas eran así”. Es decir, los nobles bereanos investigaban las Escrituras con un espíritu de confirmación, para saber si lo enseñado por el apóstol del Señor era cierto o falso. Sólo unas pocas profecías, como la de las 70 semanas de Daniel 9, podrían ser escudriñadas para saber la fecha en que se cumpliría un evento crucial en el futuro. En este caso, la fecha exacta de la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén y de su muerte en la cruz del calvario. ¡Esto fue algo claramente revelado por Dios para nosotros! ¡Y esto fue algo importante que Dios quiso que supiéramos de antemano para que creyésemos en su Hijo Unigénito!

Tiempos y Sazones

Una de las preguntas que le hicieron a Jesús sus discípulos era si en el tiempo en que estaban viviendo se restauraría el Reino de Dios, un evento muy importante y crucial que era anhelado por todo el pueblo Hebreo y la iglesia del Señor. Jesús pudo haber sabido que la fecha para el cumplimiento de ese evento crucial estaba escondido en forma de código en la Torah o en algún libro de los profetas y que en el futuro se podría conocer a través de los adelantos científicos predichos por Daniel. Pero no, Jesús no tuvo esa esperanza en mente. Al contrario, él les dijo a sus discípulos que “No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad” (Hechos 1:6). Así que la fecha para ese gran y crucial evento anhelado por todos los fieles sería conocida sólo por el Padre, pero desconocida por los hombres y aun por Su propio Hijo hasta el día de su cumplimiento (Marcos 13:32). Hoy, los falsos profetas modernos nos dicen que la Biblia nos puede revelar la fecha del fin del mundo, o lo que es lo mismo decir, la fecha de la venida de Cristo para inaugurar el milenio. ¡Cuán falsa es toda esta pretensión!

Eventos anunciados y revelados como antesala del fin del mundo

Jesús reveló eventos claros y terribles que ocurrirían en la tierra hasta su venida en gloria cuando él estuvo con sus discípulos en el Monte de los Olivos. En ningún momento—y eso es significativo—Jesús da indicios de fechas para cada uno de los eventos predichos y que ocurrirían antes de su venida y del fin de la era. En realidad, al no haber ningún indicio de fechas precisas en Mateo 24, Lucas 21, y Marcos 13, los cristianos de todas las épocas siempre pensaron que su generación sería la última, dado que “siempre” hubo guerras, terremotos, pestes, hambres, etc, etc. desde que Jesús dejó la tierra hace dos milenios. Jesús no reveló fechas, ni siquiera en clave o códigos secretos, porque él quiso mantener a sus discípulos siempre alertas y pendientes de su parusía en gloria. El haber dado fechas hubiera desalentado la fe y la esperanza de sus discípulos, y máxime, si éstas apuntaban a miles de años por delante. Ellos siempre pensaron que Cristo estaba “a las puertas”. De hecho, hay muchísimos tiempos y sazones que permanecerán guardados en Dios y nunca podrán ser conocidos por expertos en informática.

El Peligro de la Fechas

El peligro de dar fechas es que si no se cumple lo que se supone está claramente profetizado, va a desanimar a los creyentes y entonces éstos pensarán que la Palabra de Dios es falsa, o en el mejor de los casos, poco confiable. La intención de Jesucristo es que velemos porque “no sabemos cuándo vendrá vuestro Señor” (Mat.24:42; 25:13; Mar. 13:33,35). Sencillamente es imposible saberlo. Nadie puede con seguridad decir que Cristo vendrá mañana, dentro de un año, diez años, cien años o mil años…pero sospechamos que está muy próxima su venida. ¡Ojalá sea cierto!


sábado, 18 de abril de 2009

EL REINO DE DIOS ESTÁ EN TODA LA BIBLIA



Y el séptimo ángel tocó la trompeta, y resonaron grandes voces en el cielo que decían: Los reinos del mundo han venido a ser los reinos de nuestro Señor y de su Cristo: y reinará por siempre jamás. (Apocalipsis 11:15)

Y en los días de estos reyes, levantará el Dios del cielo un reino que nunca jamás se corromperá: y no será dejado a otro pueblo este reino; el cual desmenuzará y consumirá todos estos reinos, y él permanecerá para siempre (Daniel 2:44)

Y le fue dado señorío, y gloria, y reino; y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron; su señorío, señorío eterno, que no será transitorio, y su reino que no se corromperá. (Daniel 7:14)

Entonces Jehová será rey sobre toda la tierra. En aquel día Jehová será único, y Único será su nombre. (Zacarías 14:9)

Y juzgará entre las gentes, y reprenderá a muchos pueblos; y tornarán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces: no alzarán la espada gente contra gente, ni se entrenarán más para la guerra. (Isaías 2:4)

No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra estará llena del conocimiento de Jehová, como cubren las aguas el mar. (Isaías 11:9)

Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová: porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová: porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado. (Jeremías 31:34)

Y cada uno se sentará debajo de su vid y debajo de su higuera, y no habrá quien amedrente: porque la boca de Jehová de los ejércitos así lo ha dicho. (Miqueas 4:4)
Versículos acerca de la fiel herencia del Reino:

No temáis, pequeño rebaño; porque al Padre se ha complacido en daros el reino. (Jesús, en San Lucas 12:32)

Yo, pues, dispongo para vosotros un reino, como mi Padre lo dispuso para mí; 30 para que comáis y bebáis en mi mesa en mi reino, y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. (Jesús a sus discípulos, en San Lucas 22:29, 30)
Entonces el Rey dirá a los de su derecha: “¡Venid, benditos de mi Padre! Heredad el reino que ha sido preparado para vosotros desde la fundación del mundo. (Jesús, describiendo cómo recompensará a los fieles a su regreso. Note que esto es parte del plan, el plan de Dios, ¡existente desde el comienzo!) (Mateo 25:34)

Y que el reino, y el señorío, y la majestad de los reinos debajo de todo el cielo sea dado al pueblo de los santos del Altísimo; cuyo reino es reino eterno, y todos los señoríos le servirán y obedecerán. (Daniel 7:27)

Y al que hubiere vencido, y hubiere guardado mis obras hasta el fin, yo le daré potestad sobre las gentes; 27. y las regirá con vara de hierro, y serán quebrantados como vaso de alfarero, como también yo la he recibido de mi Padre. (Apocalipsis 2:26,27)

Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos, y les fue dado juicio; y vi las almas de los degollados por el testimonio de Jesús, y por la palabra de Dios, y que no habían adorado la bestia, ni a su imagen, y que no recibieron la señal en sus frentes, ni en sus manos, y vivieron y reinaron con Cristo mil años. (Apocalipsis 20:4)

Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas (Jesús, en Mateo 6:33)

Hay más de 110 referencias al reino en los cuatro relatos de la vida de Jesús, los libros de San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan. Hay muchas más referencias en otros libros de la Biblia. EL reino de Dios, que con frecuencia se le llama “el reino de los cielos” en el libro de San Mateo, fue un tema central de las enseñanzas de Jesús. Jesús usó muchas parábolas para enseñar acerca del reino, muchas de ellas ilustrando lo que se debía hacer para heredarlo.

Jesús no hizo promesas acerca de vivir en el cielo para siempre; más bien prometió vida eterna y una herencia en el reino de Dios. El primer pedido en el “Padrenuestro” es para que venga el Reino de Dios:

Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. 10. Venga a nosotros tu reino. Sea hecha tu voluntad, en el cielo, como así también en la tierra. (Mateo 6:9,10)

Desafortunadamente algunos se han confundido por la afirmación de Jesús: “…el Reino de Dios está en medio de vosotros” (Lucas 17:21). Claramente los versículos anteriores muestran que el Reino de Dios llegará a la Tierra con un poder dramático, visible, y físico…y cuando Cristo regrese y gobierne el mundo, Su Reino realmente estará establecido en la Tierra.

La voluntad de Dios es que los fieles hereden el reino de Dios, ha sido el plan de Dios desde “la creación del mundo”. Hemos visto que los fieles resucitados “serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años” (Apocalipsis 20:6). Pero, ¿qué sucede después de los primeros mil años del Reino de Dios en la Tierra? ¿Cómo es entonces Reino un “reino eterno”? La palabra “eterno” tiene que ver con la vida en la era venidera. El reino eterno es entonces el reino “de la era venidera”, la era de la justicia y de la paz. Asimismo, la “vida eterna” es la vida en la era venidera.

viernes, 17 de abril de 2009

EL TEMA CENTRAL DE LA BIBLIA



Por Ralph A. Smith

¿Cuál es el tema central de la Biblia? Para responder esta pregunta debemos considerar una que es más fundamental: ¿Tiene la Biblia un tema central? Para que la Biblia sea realmente un libro la respuesta debe ser un sí. Ciertamente esta es la respuesta del pueblo Cristiano de toda tierra, lengua y cultura que, por casi 2,000 años, han confesado que la Biblia es la revelación unificada de Dios. La Biblia misma confirma este testimonio. Aunque fue escrita por alrededor de 40 autores en un período de casi 1,500 años, la Biblia presenta una cosmovisión integrada en sus doctrinas con respecto a Dios, el hombre, la ley, la historia y la salvación. La armonía de la enseñanza Bíblica es de las más maravillosas puesto que representa un crecimiento orgánico de la revelación en el desempeño histórico de la relación pactal de Dios con Su pueblo desde la creación original hasta el fin del mundo.

Los Cristianos de todos los tiempos han confesado la unidad del mensaje Bíblico, pero no han encontrado la unidad de la Biblia en los mismos temas. Algunos, por ejemplo, han sugerido la idea de la redención. Ahora, la historia Bíblica ciertamente es el desenvolvimiento de un drama redentivo. La Biblia nos dice cómo el hombre cayó en pecado y cómo Dios en Su Gracia salvó al hombre (Gén 3:1-15). Nos dice del gran amor de Dios para con los hombres pecadores y de la muerte de Jesús para redimir al hombre (Juan 3:16). La Biblia nos enseña que el Espíritu Santo fue enviado al mundo para aplicar la obra redentora de Jesús al hombre (Rom 8:1-14). En el clímax de la historia, miraremos el mundo redimido y la plena manifestación de la gloria de Dios (1 Cor 15:22-28).

La redención es, ciertamente, uno de los grandes temas de la Biblia. Pero la redención no parece ser un tema de una amplitud suficiente como para incluir todos los otros tópicos. Para ser específico no parece ser lo suficientemente amplio para incluir tópicos como la creación, la cual ocurre antes de que haya alguna necesidad de redención y parece ser más importante en la Biblia que ser solamente el trasfondo informativo para la redención. Sería difícil con un tema central tan estrecho como la redención encontrar un lugar adecuado para otros temas tales como los ángeles, Satanás, los ángeles caídos, el infierno, y así sucesivamente.

Otros han sugerido que el tema central de la Biblia es Cristo mismo. Esto debe ser verdad en un sentido pues Cristo es el Creador del mundo y la Palabra de Dios encarnada (Juan 1:1-3). Desde la caída hasta la consumación de la redención, el mensaje Bíblico se centra en la persona de Cristo como el Salvador del mundo. Él es prefigurado en tipos, y predicho en profecía (Lucas 24:25-27). Cualquier respuesta que uno de a la pregunta sobre el tema central de la Biblia, Cristo debe ser una parte de la respuesta. Pero, ¿es posible encontrar una respuesta que sea más concreta? ¿En qué sentido debiésemos pensar de Cristo como el centro?

La idea del pacto también ha sido sugerida como el tema más importante en la Biblia. Una vez más, el pacto es definitivamente un tema crucial. La Biblia cuenta la historia de los pactos de Dios con Adan y Cristo (Rom 5:12ss). Nos dice cómo Adán quebrantó el pacto y trajo a la raza humana, que él representaba, a la condición de pecado y juicio. A Noé, Abraham, Moisés y David le fueron dadas promesas pactales que representaban una renovación del pacto con Adán y la promesa de un mejor pacto por venir. Ese mejor pacto, claro, es el nuevo pacto en Cristo. Él vino para ser nuestro nuevo representante, para tener éxito allí donde Adán fracasó. Por su muerte en la cruz nos redimió del pecado y del juicio - la maldición Adámica. En su resurrección se nos da vida. Así, desde la creación a la redención todo el mensaje Bíblico es pactal.

Al igual que la redención, el pacto es definitivamente un tema unificante de la Biblia, pero también parece ser inadecuado para unir el amplio espectro de la revelación bíblica. Por sí mismo, la noción de pacto tiende a ser abstracto y difícil de definir. Lo que se necesita es un tema que sea lo suficientemente amplio para abarcar toda idea Bíblica mayor, un tema que incluya la redención, que de el honor apropiado a Cristo como el Creador y Salvador, y también haga justicia a la centralidad de la idea pactal.

Tal tema es el reino de Dios. En el reino de Dios todos los otros mayores temas sugeridos son incluidos y se les da su lugar apropiado. Además, el reino de Dios incluye otros temas importantes para nuestro entendimiento de la Biblia, tales como la creación, la enseñanza Bíblica acerca de los ángeles y los demonios, la doctrina del juicio final y del castigo eterno. Cristo mismo permanece como un tema central de la Biblia porque como el Rey, Él es el centro del reino, su misma esencia. La redención como un tema central es entendido como el drama de la restauración del reino por parte de Dios a su propósito original. Pues después de que Dios creó Su reino el hombre pecó a través de una rebelión pactal.

También, el tema del pacto encuentra su lugar apropiado cuando se reconoce que el pacto es la constitución del reino, la definición de la relación Celestial del Rey para con Su pueblo. En la historia bíblica reino y pacto son casi sinónimos y, al menos, concepciones mutuamente dependientes. El pacto define y establece el reino; el reino en su esencia es una relación pactal extendida.

Génesis comienza con la creación del reino de Dios y la rebelión del hombre bajo la dirección de Satanás. El resto de la Biblia nos cuenta cómo Dios restaura el reino para consigo mismo y vuelve al hombre de regreso a la posición de la gloria del reino que Dios originalmente diseñó para él. La Historia es la historia de la guerra de Dios contra Satanás. Dios derrota a Satanás y reconstruye Su reino por medio de Cristo, haciendo que ocurra Su propósito original para la creación.

El Evangelio que Cristo predicó fue el Evangelio del reino de Dios: “Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, predicando el evangelio del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mat 4:23; cf. 9:35; 4:17; 5:3, 10; 6:33; 10:7; 12:28; 13:11ss; 16:19, 28; 18:3-4; 19:14; 21:43; 24:14; 25:34). Pablo, el gran apóstol, predicó el mensaje del reino: “Pablo permaneció dos años enteros en una casa alquilada, y recibía a todos los que a él venían. Predicaba el reino de Dios y enseñaba acerca del Señor Jesucristo, abiertamente y sin impedimento” (Hch 28:30-31; cf. 14:22; 19:8; 20:25; 28:23). El último libro de la Biblia celebra el eterno establecimiento del reino de Dios: “El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo, que decían: «Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos»” (Apoc 11:15; cf. 1:9; 12:10). El mismo fin del libro de Apocalípsis describe a la nueva Jerusalén, la ciudad celestial, el cumplimiento del propósito de Dios para la creación y la manifestación final del reino de Dios (Apoc 21-22).

Cristo como la cabeza del nuevo pacto trae el reino de Dios, cumpliendo las promesas hechas a Abraham y David, cumpliendo todo lo que Dios había diseñado para el hombre en la creación original. El intento de Satanás por destruir el reino es destruido por el Mesías quien salva al mundo y establece el reino eterno.

Así que, el reino pactal de Dios es el tema central de la revelación Bíblica. Todos los hombres temas centrales sugeridos se incluyen de manera natural dentro de éste pues el pacto es la constitución del reino, Cristo es el rey, y la redención es la obra de Dios de restauración del reino de manera que el hombre como el vice regente de Dios pueda cumplir sus propósitos originales.




martes, 14 de abril de 2009

LOS SANTOS CATÓLICOS VERSUS LOS SANTOS DE LA BIBLIA



Por Ing° Mario A Olcese

Una creencia Mal Fundada

La creencia generalizada que se tiene en el catolicismo sobre los santos de la iglesia es que éstos son beatos que el Papa canoniza o beatifica después de muertos. Para ello el candidato para “santo” deberá reunir varios prerrequisitos, entre los cuales está el haber realizado milagros u otros hechos sobrenaturales. En realidad, los candidatos para la santificación son escrupulosamente investigados o examinados por la curia romana, los cuales reportan sus resultados al Papa de turno para que éste los eleve a la categoría de santos. Muchas veces los candidatos, ya fallecidos todos, deben esperar años para ser consagrados como santos por el Papa de turno. Nunca se santifica a ningún católico vivo. Esto significa que los “santos católicos” son un pequeño grupo de católicos fallecidos---una minoría privilegiada--- que gozan del honor y la honra de la feligresía en general, y que son tenidos como intermediarios en las plegarias.

La Verdad Que Enseña la Biblia

La forma de beatificar a los santos del catolicismo no se encuentra en ninguna parte de la Biblia. En realidad, no encontraremos nunca en la Biblia a un Papa canonizando a algún santo o mártir difunto. Contrario a la creencia católica de una minoría santa, la Biblia enseña que los santos del Primer Siglo lo constituían la mayoría de los creyentes, por no decir todos. El uso de las palabras santo, santificar, santidad, y santificación, es muy común en el Nuevo Testamento. Los santos en NT se relaciona directamente con la feligresía en general: los bautizados y los consagrados a la causa de Cristo sin importar su género, edad, profesión, o clase social. Todos aquellos que eran miembros de la iglesia cristiana eran llamados "santos". No se les requería o exigía que hicieran milagros o cualquier otro acto sobrenatural como levitar, tener el don de la bilocación, o presentar estigmas en el cuerpo. Tampoco se les exigía vivir en monasterios o claustros en estricto voto de pobreza y celibato obligatorios. Estas exigencias católicas no pueden hallarse en ninguna parte de la Biblia, y en especial, en el Nuevo Testamento.

Santos Casados

En la Biblia encontramos que varios de los apóstoles eran casados y tenían una familia u hogar. San Pedro, por ejemplo, el supuesto primer Papa de Roma, era casado. La Biblia nos dice lo siguiente de San Pedro: “Vino Jesús a casa de Pedro, y vio a la suegra de éste postrada en cama, con fiebre” (Mateo 8:14). Y en 1 Corintios 9:5 San Pablo pregunta, como apóstol y siervo de Dios: “¿No tenemos derecho de traer con nosotros una hermana como mujer como también los otros apóstoles, y los hermanos del Señor, y Cefas?”. Este Cefas era sin duda el apóstol Pedro (Juan 1:42) de quien se dice que tenía a su suegra enferma. Obviamente Cefas o San Pedro estaba casado con una hermana de la fe cristiana (una creyente fiel).

Referencias a Otros Santos en el Nuevo Testamento

Hemos visto que los santos apóstoles estaban casados con mujeres creyentes. Ahora veremos también que muchos de los demás creyentes, discípulos de los apóstoles, también eran santos en vida. Vamos a analizar una serie de pasajes interesantes que nos iluminarán sobre el asunto de la santidad cristiana:

En 2 Corintios 1:1 Leemos: “Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Timoteo, a la iglesia de Dios que está en Corinto, con todos los santos que están en toda Acaya (no en el cielo)”. Nótese que Pablo saluda a la iglesia de Dios en Corinto, y a todos los santos que están en la ciudad de Acaya (no en el cielo). Aquí Pablo equipara a la iglesia de Dios de Corinto con los santos de Acaya. Para él, las expresiones ‘La Iglesia de Dios’ y ‘Los Santos’ significaban lo mismo. Además, es claro que aquellos santos no eran pocos y estaban todos con vida. También en el capítulo 2 y versos 5-11, vemos como Pablo y la iglesia perdonan a un santo que había sido un ofensor, lo cual indica que aquellos santos eran imperfectos, y algunos eran sujetos a reprensión, como lo había sido antes Pedro.

En Efesios 1:1, Pablo les dirige a los efesios el siguiente saludo: “Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, a los santos y fieles que están en Efeso (no en el cielo)”. Aquí vemos nuevamente que los creyentes vivos de la iglesia de Efeso eran santos y fieles. Estos no eran santos difuntos que habían sido canonizados por San Pedro, el supuesto primer Papa Romano. Tampoco eran monjes o monjas de alguna orden religiosa. Estos eran simplemente hermanos convertidos a la fe cristiana, y seguramente los había de ambos géneros, casados y solteros. Tome nota en especial del capítulo 5 y versos 21-33. Aquí verá a santos casados que debían mantener la santidad de su matrimonio, es decir, el amor y la fidelidad con sus conjugues, así como Cristo amó a su iglesia (su esposa) y se entregó por ella. Aquí hay una clara referencia a santos cristianos casados y vivos.

En Filipenses 1:1, Pablo saluda a los creyentes de la ciudad de Filipos, así: “Pablo y Timoteo, siervos de Jesucristo, a todos los santos que están en Filipos (no en el cielo), con los obispos y diáconos”. Aquí igualmente Pablo se dirige a la hermandad en general como ‘a todos los santos’. Sin duda se refiere al rebaño de Dios, a los llamados “laicos” del catolicismo. Pero nótese que aquí también todos los creyentes son llamados santos en vida.

En Colosenses 1:1,2, Pablo se dirige a los hermanos de Colosas de esta manera: “Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Timoteo, a los santos y fieles hermanos en Cristo que están en Colosas (no en el cielo): Gracia y paz sean a vosotros, de nuestro Dios Padre y del Señor Jesucristo”. De igual manera, nótese que Pablo se dirige a los santos y fieles hermanos que están en Colosas, una ciudad Griega. Estos hermanos santos eran miembros de la iglesia (la feligresía) de esa ciudad. Entre estos santos había algunos que eran sirvientes y esclavos de amos no creyentes. A éstos santos Pablo les dice, entre otras cosas: “Siervos, obedeced en todo a vuestros amos terrenales” (3:22). Nótese nuevamente que estos santos no pertenecían a ninguna orden religiosa, ni vivían en claustro alguno. Estos santos siervos trabajaban como sirvientes de hombres incrédulos, y de crédulos. ¡Estos eran domésticos que trabajaban para servir a sus amos terrenales! Algo así como una ama de llaves, o una empleada doméstica. También equivaldría a un obrero de una fábrica de este siglo. También esta carta está dirigida a los matrimonios creyentes (hogares santos), a las cuales el apóstol les dice: “Casadas, estad sujetas a vuestros maridos, como conviene al Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor” (3:18-20). Como se puede ver, la concepción de la santidad en el Nuevo Testamento dista mucho de asemejarse con la del catolicismo romano.

En Judas 1 leemos: “Judas, siervo de Jesucristo, y hermano de Jacobo, a los llamados, santificados en Dios Padre, y guardaos en Jesucristo”. Esta carta de Judas es para alentar a los santos a “contender ardientemente por la fe” (v.3) y a ”conservarse en el amor de Dios” (v.21). Les está escribiendo a creyentes santos para que no se dejen influenciar por los falsos maestros infiltrados dentro del rebaño de Dios. Sin duda, Judas estaba conciente del peligro que podían correr los santos de Dios con las falsas doctrinas que se introducían en el pueblo de Dios.

Ahora bien, notemos que Judas se dirige a “los llamados”, que son santificados en Dios Padre. Pues bien, estos santos fueron “llamados” por Dios, pero, ¿cómo? ¿Acaso éstos oyeron una voz celestial como Pablo la oyó una vez, personalmente y privadamente, en el camino a Damasco? No necesariamente así. El apóstol Pablo dice a los Tesalonicenses lo siguiente: “A lo cual os llamó mediante nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo” (2 Tesalonicenses 2:14). Nótese que los santos son llamados cuando oyen el mensaje del evangelio de Jesucristo y lo creen de todo corazón. Si usted oye el evangelio de Cristo, entonces usted está siendo llamado por Dios para ser un santo y así alcanzar la gloria de Jesucristo. El evangelio es capaz de transformar a los hombres y hacerlos santos. San Pablo lo dice claramente con estas solemnes palabras: “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego” (Romanos 1:16). Y Jesús les dice a los suyos: ”Ya vosotros estáis limpios por la Palabra que os he hablado” (Juan 15:3). Vemos pues que la palabra de Cristo---su evangelio---es capaz de limpiar al pecador y hacerlo un santo. Trágicamente millones de católicos no comprenden esta verdad apostólica.

Sólo los Santos Podrán ver a Dios

La Biblia enseña muy claramente que sólo los santos podrán ver al Señor. En Hebreos 12:14 leemos: “Seguid la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor”. Nótese que sin la santidad nadie verá al Señor---¡Ni uno sólo! Es decir, sin la santidad nadie será salvo. Lamentablemente la teología católica sobre el tema de la santidad sostiene que los santos son pocos en relación al total de sus feligreses. Esto se traduce indefectiblemente en que la gran mayoría de católicos, no santificados, no podrán ver a Dios o salvarse. Así de trágico es el asunto. Millones de católicos difuntos, que no han sido santificados por el Papado, estarán privados por la eternidad de ver a Dios. Esto significa que nuestros buenos amigos católicos devotos---ya fallecidos---que no “alcanzaron” la santidad, están descansando en cualquier lugar---menos en el cielo--- donde mora y reina Dios.

Ahora bien, la verdad del asunto es que sólo los santos se salvarán y podrán morar con el Señor para siempre. San Pablo es enfático al respecto cuando, al asociar la santidad, la salvación, y la gloria dice: “Pero nosotros debemos de dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad, a lo cual os llamó mediante nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo” (2 Tesalonicenses 2:13,14). Aquellos que se dicen cristianos, pero que no se creen santos, están perdidos, pues si no son santos, ¿qué son? La respuesta es sólo una: ¡Inmundos! Véase lo que dice San Pablo al respecto: “Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación” (=santidad)(1 Tesalonicenses 4:7). Nótese que San Pablo es tajante. Si uno no es santo entonces es inmundo. ¿Y qué dice la Biblia de los inmundos? Dice Pablo: “Porque sabéis esto, que ningún inmundo...tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios” (San Pablo, Efesios 5:5). El problema reside en que el catolicismo ha idealizado la santidad, y la ha convertido en un don inalcanzable prácticamente para la mayoría de los seres humanos. En otras palabras, se cree en el catolicismo que un santo es un ser puro, perfecto, impecable, devoto, mojigato, casto, célibe, curandero, milagrero, con estigmas en el cuerpo, orante, pobre, ermitaño, y cosas como éstas. Pero, ¿de dónde sacaron esta idea la gran mayoría de católicos? ¿Acaso nos olvidamos de San Pedro? Él fue el supuesto primer Papa Romano, quien desde su conversión fue un santo. ¿Mostró acaso él--- y sus colegas---señales de estigmas, levitación, y bilocación? En la Biblia no encontramos semejantes extraordinarios reportes sobrenaturales antes mencionados, salvo los registrados en los evangelios, los cuales sí nos hablan de milagros de curaciones, resucitaciones, multiplicación de alimentos, dominio sobre las tempestades marítimas, caminatas sobre el mar, y exorcismos por parte de Cristo y sus apóstoles. Regresemos nuevamente a San Pedro: ¿no nos acordamos cómo Pedro titubeó y negó a su Maestro tres veces? (Juan 13:38) ¿Acaso no nos acordamos cómo Cristo le dijo a Pedro: “Apártate de mi Satanás?” (Marcos 8:33) ¿Acaso no nos acordamos cómo San Pablo tuvo que reprender a su colega San Pedro por pretender seguir judaizando y exigir a los judíos a que guarden la ley? (Gálatas 2:11-14). Pero a pesar de todos estos hechos, San Pedro siguió siendo un santo de Dios. Él no estuvo exento de errores. Se pudo pensar que en un momento Pedro renunciaría a su fe y que no regresaría al camino que había seguido con Jesús. Pero en Hechos de los Apóstoles encontramos a un Pedro valiente, transformado, y convencido de que Cristo era el Hijo de Dios, el Rey de Israel. Se le encuentra celebrando el primer concilio en Jerusalén, y haciendo una férrea apología de su Señor frente a muchos judíos incrédulos.

Y en cuanto al mismo apóstol Pablo, ¿acaso no dijo él que “lo bueno que debía hacer no lo hacía, y lo malo que no debía hacer eso hacía” (Romanos-7:15-25)? ¿Entendemos los conflictos de San Pablo, y sus fallas humanas como hombre imperfecto?¿Acaso dejó él de ser un santo de Dios porque era imperfecto? No obstante, y a pesar de sus errores, él mismo nos exige a imitarle para que también nosotros seamos unos santos y poder ganar la salvación (1 Corintios 11:1). Para Pablo, no puede haber salvación sin santidad, como ya lo hemos demostrado arriba.

La Iglesia de Cristo es por Naturaleza Santa

Hay quienes aún ignoran que la iglesia está compuesta por todos los creyentes bautizados, según se desprende de Hechos 2:38-42. Es, pues, totalmente falso que la iglesia esté compuesta sólo por el llamado “clero” del catolicismo romano (“los religiosos”). La mayoría de católicos no parece comprender que también los llamados “laicos” son parte de la iglesia, pues para eso se bautizaron y participan de los sacramentos de su iglesia. Definitivamente todos los bautizados son miembros del cuerpo de Cristo, es decir, miembros de su iglesia. Ahora bien, se le manda a la iglesia en su conjunto a mantener su santidad con estas palabras: “...Cristo amó a su iglesia, y se entregó a si mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (Efesios 5:25-27). Pues bien, si la iglesia está compuesta por todos los bautizados, y ella debe ser santa, entonces concluimos que todos los bautizados practicantes son santos. ¡Así de simple!

A los corintios Pablo les dice: “...porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Corintios 3:17). Y a los colosenses Pablo les dice: “Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él...” (Colosenses 1:21,22). Nótese el contraste entre los santos que hacen buenas obras, versus los impíos que hacen malas obras. Si un creyente en Cristo ha renovado su mente para sujetarse a la voluntad de Dios, se convierte automáticamente en un santo. Este creyente se ha santificado porque ha puesto su fe en Cristo, y ha hecho suyo su sacrificio expiatorio en la cruz, y se ha bautizado para el perdón de sus pecados. A los santos, Pedro les dice: “Como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pedro 1:14-16). Nótese que Pedro no está diciendo algo así como: “Aspiren a ser santos, para que yo los beatifique, y los nombre santos”. No! Lo que exhorta Pedro es que todos los creyentes sean santos, optando por vivir piamente para que sean verdaderos hijos obedientes de Dios.

Cada uno nos hacemos santos cuando no nos conformamos a los deseos que teníamos en nuestra ignorancia. Así de sencillo. Además, Pedro no dice que hagamos milagros, o que seamos célibes, monjes, ermitaños, pobres, o que tengamos estigmas en el cuerpo, o que levitemos para merecer la santificación. Tampoco Pedro dice que primero deberemos de morir para luego ser canonizados por él o por sus supuestos sucesores. Lo que él dice es que los creyentes deben vivir ahora en santidad como verdaderos hijos de Dios. Esta no es una opción cristiana, sino más bien, una obligación o exigencia para la salvación. Pedro quiere que el pueblo de Dios sea santo o apartado del mundo a fin de cumplir con la misión evangelizadora y salvadora. Se predica con el ejemplo, sin duda.

Los Santos deben ser Perfeccionados

Muchos creen que primero el creyente debe perfeccionarse para ser nombrado “santo” de la iglesia. ¡Nada más falso! El apóstol Pablo escribe algo muy interesante a los creyentes de Efeso. Estas son sus palabras: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:11-13). Si uno escudriña bien estos tres versículos, se verá que los santos podían ser perfeccionados con la ayuda de los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros; o sea, por el mal llamado “clero”. Estos feligreses, o los mal llamados “laicos” por el catolicismo, conformaban los santos aludidos por Pablo en esta epístola a los efesios. También en 2 Corintios 7:1 Pablo dice: “Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios”. Es claro que los santos estaban lejos de ser perfectos, pero que podían ser perfeccionados en la medida que se apartaran de la contaminación carnal y espiritual. Nótese que Pablo no dice que en la medida en que los santos hicieran milagros, levitaran, o estigmatizaran su cuerpo, se perfeccionarían. Por otro lado, en la Biblia no existe esa división extraña de “Clero” y “Laicos” del catolicismo. La verdad es que en las Escrituras (la Biblia) todos los creyentes bautizados conformaban lo que hoy se conoce como: El Clero (Griego Kleron) de la iglesia.

Conclusión

La Iglesia cristiana bíblica, conformada por todos los creyentes bautizados, es santa en su esencia. Es decir, los creyentes bautizados son santos porque han sido santificados por Jesucristo, la Cabeza santa. Son santos porque han renunciado a la vana manera de vivir que heredaron de sus padres para seguir por un nuevo camino de rectitud y verdad. No son hombres extraordinarios que han renunciado al matrimonio, a los negocios, o a los hijos, para vivir como ermitaños mojigatos. Son más bien hombres comunes y corrientes, con sus defectos y cualidades, que han decidido seguir los principios de Cristo y ponerlos en práctica. No existen otros requisitos o exigencias, como por ejemplo: hacer milagros o señales sobrenaturales, a saber: levitar o presentar estigmas en el cuerpo. Estos son más bien individuos casados o solteros: Agricultores, campesinos, Empresarios, comerciantes, obreros, sirvientes, amas de casa, estudiantes de colegios y universidades, etc, que viven en función de Cristo, y para Cristo.

Pretender hacer de los santos unos individuos medio angélicos o sobrenaturales, además de puritanos y mojigatos, es torcer el verdadero concepto de la santidad bíblica. Lo que queda claro, según el Nuevo Testamento, es que sin la santidad nadie verá a Dios; es decir, nadie se salvará (ver Hebreos 12:14). El prerrequisito para vivir con Dios es la santidad de vida hoy. Pero como el catolicismo ha limitado la santidad a tan sólo una minoría insignificante de su feligresía, ello significaría que irremediablemente la gran mayoría de católicos, que no han “alcanzado” la santidad y la beatificación, estarán condenados a nunca ver a Dios por toda una eternidad. Y si no verán a Dios---¿a quién verán?
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LA VERDAD DE LA PANDEMIA